EL LENGUAJE DE LOS MÍSTICOS

Publicado en Diario Información el día 29 de abril de 2023

Esperando a Godot

 

El lenguaje de los místicos

 

El pasado día 23 de abril, como marca la tradición, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, el Rey hizo entrega del más prestigioso galardón de las letras españolas, que lleva el nombre del inmortal autor del Quijote, en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. El acreedor de tan alta distinción en esta edición ha sido el poeta venezolano, de 93 años, Rafael Cadenas.

 

Una de las características definitorias de la poesía de Cadenas, según he podido leer en diversos ensayos sobre su obra, es la de anteponer la vida a la literatura con el establecimiento de una suerte de viaje desde la mayor expresividad verbal al más estricto ascetismo. No en vano el propio vate afirmó en un libro suyo sobre San Juan de la Cruz que “Me cautiva el lenguaje de los místicos, especialmente, desde luego, el de los españoles. Tienen el don de acuñar expresiones indelebles para comunicarnos un saber, que es más bien, en última instancia, un no saber”.

 

En esa obra, Rafael Cadenas nos pone en guardia frente al cientifismo, es decir, frente a la teoría de considerar que los únicos conocimientos válidos son los que se adquieren mediante las ciencias positivas, para hacernos ver que realmente, en una visión que yo calificaría de estoica, cuanto más sabes mayor es tu perplejidad. En ese sentido, la ciencia quizás haya intentado ocupar el papel que antes tenía la religión como forma de explicar todos los misterios que desazonan al ser humano.

 

Hasta aquí mi comentario sobre el flamante, aunque nonagenario, ganador del Premio Cervantes 2023, puesto que no quería dejar de mencionar este hito en una columna cuyo leitmotiv es, en muchísimas ocasiones, la literatura y, como saben ustedes, una cierta crítica social y política que esta semana engarza perfectamente con ese pensamiento de Cadenas de a mayor conocimiento mayor perplejidad. Vengo a decir esto porque yo, que me considero una persona más o menos formada e informada, o al menos procuro estarlo hojeando las páginas de diferentes diarios (aunque debería decir ojeando, puesto que lo hago en sus versiones digitales) no acierto a comprender últimamente lo que ocurre en política.

 

Ahora mismo, todos los analistas políticos y las empresas demoscópicas se afanan por intentar predecir los resultados electorales de los comicios locales y autonómicos del próximo 28 de mayo y sus posibles repercusiones sobre las elecciones generales que se celebrarán en diciembre de este mismo año. Esos analistas, a la vista de las encuestas publicadas, coinciden en el pronóstico de que la batalla fundamental se va a dar en la Comunidad Valenciana y que del resultado de esa contienda dependerá, en gran medida, de qué lado se decante la pugna por la Moncloa. Por el momento, parece ser que la derecha está tomando una cierta ventaja en el plano autonómico, mientras que, en Elche, a falta de encuestas fiables, es imposible hacer una predicción precisa (entiéndase por encuesta fiable una basada en seis mil entrevistas y no encargada por una de las partes en liza).

 

Por consiguiente, dado que no tenemos datos con los que hacer una predicción plausible, lo más “científico” sería hacer un análisis de lo ocurrido en las cuatro últimas citas electorales y extraer las conclusiones pertinentes.

 

El primer dato para considerar es el de la abstención. En el ámbito autonómico se ha movido entre casi el 30% en 2007 y el entorno del 25% en 2019; en Elche esa variable es muy interesante y conviene tener en mente el porcentaje exacto: en 2007 el 37´15%, en 2011 el 31’46%, en 2015 el 33’51% y en 2019 el 40’35%. La relevancia de estos datos radica en dos factores: el primero y más evidente es la alta abstención y el hecho de que sea mayor en las elecciones municipales que en las autonómicas. El segundo es que en la Comunidad Valenciana ha ganado la izquierda cuando ha habido menos abstención y en Elche ha ocurrido justamente lo contrario.

 

El segundo es la evolución del voto válido a los diferentes partidos. En la Comunidad Valenciana, el Partido Popular fue hegemónico en 2007 y 2011, con dos mayorías absolutas aplastantes frente a la izquierda compuesta por PSOE y Compromís primero y por esas dos formaciones y Podemos después; en 2015 el PP siguió siendo la fuerza más votada, pero se dejó por el camino 600.000 votos que, a pesar de que 400.000 fueron a parar a Ciudadanos, no bastaron para evitar que perdiera el Consell. En 2019, con una derecha ya dividida en tres partidos, el PSOE se alzó con la victoria para gobernar en coalición con Compromís y Podemos hasta la fecha.

 

En Elche el análisis resulta más complejo. En 2017 el PSOE aventajó al PP en 112 votos y gobernó apoyado en Izquierda Unida. En 2011 el PP obtuvo la mayoría absoluta con 49.626 votos, pero el PSOE cosechó 43.462 (en 2007 había tenido 43.595, es decir, apenas perdió votos). En 2015 la desaparición del bipartidismo y otros factores que ahora no vienen al caso supuso un desplome del PP y PSOE (32.878 y 29.071 sufragios respectivamente) que propiciaron la vuelta del PSOE al gobierno municipal en coalición con Compromís. En 2019, el PSOE volvió a ser el partido más votado, al sumar cinco mil votos más y perder el PP otros mil, repitiendo coalición con Compromís.

 

Un grandísimo amigo mío que tiene la amabilidad y la paciencia de leer mis artículos todas las semanas es muy crítico conmigo y me achaca que “pongo mucha literatura, pero que no me mojo en mis opiniones”. Querido amigo y estimados lectores, esta vez tampoco lo voy a hacer, más allá de barruntar que, con los datos en la mano, la derecha puede estar a punto de recuperar la Comunidad Valenciana, pero que en Elche parece más difícil que suceda lo mismo.

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