OCLOCRACIA
Publicado en Diario Información el 19 de noviembre de 2022
Esperando
a Godot
Oclocracia[i]
Esta semana, para documentarme para este artículo, he
estado leyendo unos cuantos textos de filósofos y pensadores políticos de
diferentes momentos de la historia, como Tito Livio, Maquiavelo, Locke,
Montesquieu o Rousseau. Pero, realmente, la frase que más me ha impactado no
proviene de ninguno de ellos, sino de un famoso cantautor español, filósofo
también a su manera, Joaquín Sabina, que en unas recientes declaraciones en una
emisora de radio ha afirmado que “Era de izquierdas, pero ahora no lo soy tanto
porque tengo ojos y oídos. Luego que las revoluciones del siglo XX fracasaron
todas, el comunismo ha sido un desastre y la deriva de la izquierda
latinoamericana me duele enormemente”.
En esas dos sencillas frases de Sabina se explica de
una manera sucinta, pero palmaria, lo que autores muy sesudos, como Francis
Fukuyama, apoyado en las teorías hegelianas, han denominado “el fin de la
historia”. De hecho, con el hundimiento del comunismo se abrió en el siglo XX
un debate, aún no resuelto, sobre adonde avanza la humanidad, algo que también
se planteaba Maquiavelo en la Florencia del Quattrocento y el Cinquecento.
El erudito florentino tenía una conciencia similar a
la de Fukuyama respecto a las repúblicas italianas de la época, que se habían
mostrado absolutamente débiles y desorganizadas, sobre todo si se comparaban
con la fortaleza de la República Romana. De hecho, durante toda la edad media
se había estudiado con añoranza la grandeza de la Roma Clásica y su vasta
herencia cultural, especialmente a través del análisis de obras históricas como
“Ab Urbe condita”, de Tito Livio.
Precisamente, en su obra “Los discursos sobre la primera
década de Tito Livio”, Maquiavelo establece ese paralelismo entre Roma y
Florencia en los planos institucional, legislativo y militar, seguramente para
servir de referencia y de acicate para la reflexión a los jóvenes dirigentes
florentinos, en un momento de grave crisis y de gran zozobra (el fallecimiento
de Carlos VIII en Italia había puesto fin al periodo de estabilidad que había
caracterizado el panorama italiano de la segunda mitad del siglo XV, con el sur
controlado por la Corona de Aragón, el centro por la Iglesia y el norte
disfrutando de un largo equilibrio entre las grandes potencias regionales,
gracias a la Paz de Lodi, de la que fue garante Lorenzo de Medici “el
Magnífico”).
Pero antes incluso que Maquiavelo y que el propio Tito
Livio, un historiador griego, Polibio (208-122 a. C.), estableció, en el libro
VI de sus “Historias de Polibio”, basándose en sus observaciones de la
República Romana (gozó de una excelente relación con Publio Cornelio Escipión
Emiliano y con Catón y fue el pedagogo de Escipión Emiliano), las formas de
gobierno del mundo antiguo y el peligro más grave que las acechaba y que él definió
con el término de “anaciclosis”, un ciclo dinámico y decadente a la vez,
inevitable a causa de la debilidad inherente a cada forma simple de gobierno
que
acababa degenerándose de modo natural.
Según la teoría de Polibio, esas formas simples de gobierno
eran la monarquía, la aristocracia y la democracia. Estas constituciones, para
Polibio, no son las mejores y más perfectas. La constitución perfecta sale del
sincretismo de las tres, pues según el historiador griego, la monarquía acaba
deviniendo en tiranía, la aristocracia en oligarquía, y la democracia en
oclocracia.
Los padres fundadores de los Estados Unidos,
inspirados en Montesquieu, pero también, aunque no lo citaran de una forma
explícita, en Polibio, tomaron buena nota de la deriva que las formas de
gobierno pueden tomar y, cuando redactaron su constitución en 1787, tuvieron
mucho cuidado en cuanto al establecimiento de un sistema de pesos y contrapesos
entre los diferentes poderes del Estado a la hora de diseñar su ordenamiento
constitucional.
En España, hasta ahora, también teníamos un sistema
democrático, una monarquía parlamentaria, que garantizaba la separación de
poderes. Los acontecimientos acaecidos esta semana (y otros, que se suceden a
tal velocidad que pronto olvidamos y que no son menos graves, como la posible
eliminación de la tipificación del delito de sedición y la modificación del de
malversación) respecto a la rebaja de condenas a violadores por la absoluta
ineptitud del Gobierno, cuya ministra de Igualdad ha intentando tapar acusando
a los jueces de machistas prevaricadores, nos hace pensar que nuestra
democracia ya se ha convertido de facto, como temía Polibio, en una oclocracia.
Por eso no me extraña tampoco la decisión que ha
tomado el orwelliano “Instituto Valenciano de la Memoria Democrática, los
Derechos Humanos y las Libertades Públicas” publicada en el DOGV como
Resolución de la no menos orwelliana “Conselleria de Participación,
Transparencia, Cooperación y Calidad Democrática”, de dar al Ayuntamiento
un plazo de un mes para derribar la cruz del Paseo de Germanías y cambiar el
nombre de un centenar de calles en Carrús.
Si es que, a la postre, el análisis de Sabina era el
más correcto de todos.
[i] Según el
diccionario de la RAE:
Del gr. ὀχλοκρατία ochlokratía.
1. f. Gobierno de la muchedumbre o de la plebe.
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